Las marcas son más duraderas de lo que parecen. Si uno hojea una revista de gran tirada de hace 30 años, se encuentra con que la mayor parte de las marcas de entonces siguen hoy. Muy pocas de las grandes se han ido.
Ahora bien, muchas que entonces estaban en la cresta de la ola, ahora parecen algo apagadas (La Casera, Bic, Polaroid, Kelme...), de algunas uno se pregunta si realmente siguen existiendo o han desaparecido (Olivetti, Telefunken, Mirinda, Celtas...); y de otras, apostaríamos que son ya historia.
Si las marcas tienen tantísimo valor, que en el caso de las de alimentación pueden llegar a representar las dos terceras partes del valor de los activos de una empresa, ¿qué puede explicar que sus empresas las dejen caer? ¿Irresponsabilidad? ¿Falta de inversión? ¿Cambio tecnológico? ¿Deterioro del producto? ¿Extinción de su público objetivo? ¿Nuevas propuestas? Todas estas razones – y muchas más – explican la existencia de una ya larga lista de víctimas en esta guerra por el control de los mercados y los consumidores que se hace más belicosa cada día que pasa. “Una guerra que, incluso cuando todo parece perdido, aún puede ser ganada”
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